“La libertad no nos la regala nadie. La libertad se construye” MARTA SEVILLANO

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Para mí, la sal de la vida són les persones que teixeixen xarxes i intenten fer del món un lloc una mica millor. Son las personas que acogen. Las que aceptan. Las que ayudan. Las que hacen que los demás se sientan seguros

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Hoy conversamos con la ingeniera de telecomunicaciones Marta Sevillano. Marta tiene un máster en desarrollo de videojuegos y ha trabajado como verificadora de software (Probadores de software). También ha sido ingeniera de diseño de hardware y actualmente trabaja como ingeniera de desarrollo de software para semiconductores aplicados en el sector de la automoción.

Marta es una feminista que defiende la autodeterminación de género y trabaja para mejorar las condiciones de vida de las personas trans, ampliando el significado y las posibilidades de vivir de formas diversas, sin tener que encajar en los moldes preestablecidos por el patriarcado, y reivindicando como sujetos políticos soberanos todo un conjunto de cuerpos que hasta ahora han estado situados en una posición subalterna.

En palabras del filósofo, escritor y comisario de arte español pablo b. Preciado, conocido por sus aportaciones a la teoría queer, en los estudios de género y en los estudios trans, cualquier 2019 pronunció la conferencia: «Yo soy el monstruo que os habla. Informe para una academia de psicoanalistas». En esta presentación delante de 3.500 Psicoanalistas reunidos en la Conferencia Internacional de la Escuela de la Causa Freudiana, a París, planteaba si el psicoanálisis debía seguir pegado a modelos obsoletos o abrirse a los nuevos planteamientos de la radicalidad política sexual. Su discurso empezaba así:

«Honorables señores y señoras de la Escuela de la Causa Freudiana, queridos señores y señoras psicoanalistas. Y no sé si vale la pena que diga también «honorables» a todas aquellas personas que no son ni señoras ni señores, porque no creo que entre ustedes haya ninguna persona que haya renunciado oficial y públicamente a la diferencia sexual, que haya sido aceptada como psicoanalista de pleno derecho y que haya podido atravesar con éxito el proceso que ustedes llaman «pasa», que les confiere el derecho de analizar a los demás. Si existiera una persona así entre ustedes, si este psicoanalista trans no binario hubiera sido admitido como experto y estuviera hoy aquí, mi saludo a este honorable mutante sería aún más cálido. Me hacen el honor de pedirme que presente ante la academia un informe sobre mi vida como home trans. No sé si les podré complacer aportando datos que ustedes, señoras y señores académicos, no es primo hermano pero, porque, igual que jo, están insertados en un régimen dominado por la diferencia sexual y, por tanto, casi todo lo que yo pueda contarles lo habrán vivido ustedes mismos, desde un lado u otro de la frontera del género. Quizá, pero, ustedes piensan a sí mismos como hombres o mujeres naturales, y esta suposición les ha impedido observar, con una distancia saludable, el dispositivo en el que se encuentran inmersos. Me perdonarán si, en el relato que estoy a punto de compartir con ustedes, no doy por supuesto la existencia de estas supuestas naturalezas de la masculinidad y de la feminidad. No hace falta que renuncien a sus creencias —porque, de creencias se trata— para escucharme. Escuchen primero y después vuelvan, si quieren, en su vida natural… oh, mejor dicho, naturalizada.»

Empezamos la entrevista Marta Sevillano, hablando de tu pasado, de tu autobiografía, de tus referentes y también de los obstáculos que has encontrado a lo largo de tu recorrido.

Autobiografía

Me llamo Marta Sevillano y soy una mujer trans. Llevo más de veinte años trabajando en el sector tecnológico, i aquí continuo. Nací en Sevilla a finales de los años setenta y empecé a programar muy joven porque me apasionaba. Conseguí uno de esos ordenadores de 8 bits, y Espectro ZX, y empecé a programar allí. Luego seguí estudiando hasta graduarme en Telecomunicaciones en la Universidad de Sevilla.

Me incorporé al mundo laboral a principios de los años 2000 y empecé a trabajar en Madrid. una fiesta, aquella decisión también tenía que ver con la necesidad de irse de Sevilla, de alejarme de mi entorno más cercano para poder explorar quién era realmente y entender lo que me estaba pasando.

Viví en Madrid unos seis años. Durante esa etapa conocí a mi pareja y, a través d’ella, también conocí a muchas personas mucho más diversas que las que formaban parte de mi círculo anterior. Algunas de ellas se han convertido en algunas de mis mejores amistades. Después, como mi pareja vivía en Barcelona, vine hacia aquí.

Yo sabía que era trans desde muy pequeña. Debía tener unos diez años cuando pude poner nombre a esa sensación. Sabía que no encajaba nada en el modelo de masculinidad que se esperaba de mí. Siempre me habían llamado «mariquita». Me habían repetido que me hacían falta «un par de hostias» y otros comentarios similares. Nunca encajaba con los demás niños de la escuela. La informática acabó convirtiéndose en mi refugio.

Fui enterrando todo aquello porque veía cómo la sociedad percibía a las personas trans, especialmente las mujeres trans. Tenía mucho miedo. Creía que mi futuro estaría inevitablemente ligado a la pobreza y al rechazo. Pero llegó un momento en que, ja vivint a Barcelona, todo esto se fue acumulando dentro de mí hasta que no pude más. Salí del armario.

Fue una época complicada con mi pareja. En general, las amistades y la gente del trabajo lo aceptaron bien, aunque algunas personas no lo llevaron tan bien. Hubo amistades que simplemente desaparecieron de mi vida. Mi pareja, en cambio, lo entendió muy bien y, hoy en día, continuar mi costo.

Inicié mi transición hace más de diez años. Era una necesidad: necesitaba encontrarme a mí misma y poder ser quien realmente era. En este sentido creo que he tenido bastante suerte. No he terminado viviendo aquella situación de exclusión social o de pobreza que tanto temía. He tenido la fortuna de contar con buenas amistades, con el apoyo de mi pareja y también de mi familia.

Mis referentes?

Debo decir que he leído poco. Supongo que también me he centrado mucho en la tecnología, en las máquinas, más que en las personas. He leído algunas cosas de Judith mayordomo i, sobre todo, me interesa mucho su idea del género como algo performativo; es decir, que el género es lo que hacemos. También comparto la idea de que ser una persona trans es, en cierto modo, una realidad performativa: eres trans porque decides vivir y actuar de acuerdo con quien eres. Esta visión encaja mucho con mi propia experiencia y con la forma en que he vivido mi transición.

También me gusta mucho una ensayista que se llama Julia Serano, que escribe sobre las realidades trans. Una de las cosas que hace es desmontar muchos de los mitos que todavía circulan, incluso en determinados ámbitos científicos, según los cuales las personas trans tenemos algún problema mental o algún tipo de trastorno. Cuando leo sus textos, a menudo me transmiten mucha tranquilidad.

Otra persona que considero un referente, tanto por cómo explica las cosas como porque tengo la suerte de que sea amiga mía, y Alana Portero. Recomiendo mucho su novela La mala costumbre, porque retrata unas vivencias trans muy cercanas, tanto en el espacio como en el tiempo, a las que yo misma viví en Madrid. Muchos de los sitios que aparecen me son familiares y también muchas de las situaciones que describe. Es una mirada muy cercana porque habla desde la experiencia de una persona de clase trabajadora que se va descubriendo a sí misma.

No sé si esto podemos llamar referentes, pero probablemente sí. En mi entorno personal tengo muchas amigas que también me han enseñado mucho. Por ejemplo, tengo una amiga que ha trabajado haciendo trabajos de limpieza en domicilios y me ha explicado muchas cosas sobre este tipo de trabajo y sobre la precariedad que a menudo le acompaña. Es una persona extraordinaria que, además, ha logrado entrar en el sector tecnológico por sus propios medios.

También tengo otras amigas que me han ayudado a entender cómo los trabajos considerados tradicionalmente femeninos suelen estar menos valorados socialmente y peor remunerados. Curiosamente, cuando estos mismos sectores se masculinizan, como ocurrió con la tecnología, de repente adquieren prestigio. En este sentido me considero muy afortunada.

Y también diría que mi madre es uno de mis grandes referentes. Si he empezado a cuestionarme tantas cosas es, en bona part, gracias a ella. Es una persona muy crítica, con quien siempre he podido hablar largamente.

Los obstáculos que me he encontrado

La verdad es que siento que he vivido dos vidas. Durant la primera etapa, los principales obstáculos venían de no adaptarme a los roles masculinos que la sociedad esperaba de mí. No era suficientemente masculina según los estándares establecidos. Nunca me sentí cómoda participando en esas conversaciones de gimnasio o en las típicas charlas entre hombres, cuando hacían comentarios desagradables sobre las mujeres. No entiendo cómo alguien se puede sentir cómodo hablando así. Tampoco me gustaban muchas de las cosas que se asocian estereotípicamente con la masculinidad, tales como el fútbol o determinados modelos de comportamiento.

Hay que pensar que crecí en los años ochenta, cuando todo era mucho más rígido. Los hombres debían ser de una manera y las mujeres de otra. Los comentarios que sentía a mi alrededor sobre cualquier persona distinta eran del tipo: "y homosexual", «es así o así»… Aquellos murmullos te dejaban muy claro que lo que tú eras no era aceptable. I, por tanto, lo escondías. Cuando inicié la transición aparecieron otros obstáculos.

Hace diez años, si querías transicionar, el sistema te imponía una serie de requisitos: hormonació, informes médicos y otros condicionantes. Yo no tenía ningún problema en hormonarme, pero sí que me hubiera gustado que todo este proceso hubiera sido mucho más sencillo. Por ejemplo, la posibilidad de conservar esperma para tener hijos en el futuro fue una opción que tuve que descartar. En ese momento, para poder ser reconocida legalmente como persona trans, el sistema exigia, de hecho, la esterilización. Éste es un tema muy importante.

También tuve algunas tensiones con mi familia. Me decían cosas como: «Te quedarás sola. Nadie te amará.» Con el tiempo, pero, lo acabaron entendiendo. Hubo amistades que desaparecieron y otras que me dijeron directamente que lo que estaba haciendo estaba mal. Perder personas que considerabas amigas no es nada agradable.

Curiosamente, también viví la situación contraria. Personas que antes hacían comentarios transfóbicos o se burlaban de las mujeres trans, después entendieron perfectamente mi realidad y hoy forman parte de mis mejores amigos.

En cuanto al trabajo, por lo general no tuve grandes problemas. Sí hubo cierta confusión en la empresa. No sabían muy bien cómo gestionar la situación. Por ejemplo, me preguntaban a qué lavabo debía ir. Era un ambiente donde se hacían a menudo comentarios transfóbicos y homófobos. Alguien incluso me llegó a decir: «No te enfades, dona…». No sé si después continuaron haciendo esos comentarios a mi espalda o si realmente aprendieron algo. Me gusta pensar que sí.

También he tenido la sensación de que, en algunos momentos, he quedado un poco relegada a un segundo plano. Me han dicho que quizás no soportaba bien el estrés o que no estaba preparada para asumir determinadas responsabilidades. Yo creo, sinceramente, que es todo lo contrario.

Transicionar me ha hecho mejor profesional. Me ha permitido trabajar con mayor concentración, con más salud mental y con mucha más motivación. En la calle, de tanto, también he recibido comentarios por mi aspecto. Recuerdo una vez que un hombre cambió de acera sólo por venir hacia mí mientras me miraba fijamente. O situaciones muy cotidianas, como cuando alguien me explica cómo funciona un coche… después de más de diez años conduciendo. Estas cosas también ocurren.

Marta Sevillano, ingeniera de telecomunicaciones, nos muestra cómo ha tenido que superar numerosos obstáculos tanto en el mundo tecnológico como en la vida cotidiana, confrontando a los guardianes del patriarcado y defendiendo sus derechos como mujer trans en el siglo XXI cuando habla sobre la diversidad cultural, los privilegios, tecnología, los derechos humanos y el futuro.

Marta, la diversidad cultural influye en tu presente, en la teva vida actual? I, desde una perspectiva feminista, te has planteado cuáles son tus privilegios?

Es una cuestión fundamental. Me parece absolutamente imprescindible. En el trabajo, si no tienes un equipo diverso, todos acabamos teniendo puntos ciegos. Todos tenemos áreas de conocimiento que desconocemos y todos arrastramos sesgos, percepciones que no corresponden necesariamente con la realidad, simplemente porque nuestra mirada siempre es subjetiva.

Cuando un grupo privilegiado —con mayor poder o mayor influencia— es quien domina un espacio, muchas cuestiones sencillamente dejan de existir. Nadie habla porque nadie las ve. En tecnología, por ejemplo, todavía tenemos una mirada muy eurocéntrica, muy blanca, muy masculina y muy cisgénero. Con demasiada frecuencia olvidamos a las personas con discapacidad o muchos otros colectivos. Es una realidad que debemos cambiar. No sólo por una cuestión de justicia o de respeto hacia todas las personas, sino porque desarrollamos productos y servicios. Si no tenemos en cuenta a toda la sociedad, estos productos pueden dejar de ser útiles o, incluso, llegar a ser peligrosos.

Creo, por ejemplo, en aquellos vídeos que a veces circulan por las redes de un grifo automático que no detecta las manos de las personas de piel oscura porque nadie lo probó antes. Puede parecer una anécdota, pero imaginamos ahora los coches autónomos. Si sus sistemas no son capaces de detectar correctamente a una persona negra, estamos hablando de un riesgo real para su vida. Éste es sólo uno de los muchos ejemplos que existen.

Pero la diversidad también es importante fuera de la tecnología. Todavía hoy hay empresas que no contratan a personas porque tienen cuarenta y cinco años, o porque consideran que una mujer rendirá menos que un hombre por el hecho de que puede quedarse embarazada. La diversidad cultural nos hace más ricos como sociedad.

Los privilegios

Intento revisar con frecuencia mis privilegios. soy consciente de que, en muchos aspectos, he estat una persona privilegiada. He podido estudiar una carrera universitaria, pude iniciar mi transición con cierta estabilidad económica y tenía ahorros. En realidad, mis problemas no han venido tanto por otros factores como por no haber sido percibida como un hombre «válido», según los modelos tradicionales de masculinidad. Los insultos que recibí de pequeña —«mariquita», las amenazas de acoso escolar, esa idea de que la masculinidad se impone a golpes— son una muestra de que este modelo también acaba perjudicando a los propios hombres.

En general, pero, he tenido suerte. He tenido buenos trabajos, he podido construir una carrera profesional, estudiar, mi familia me acepta y mi pareja sigue a mi lado. No sufro racismo y, por la edad que tengo, tampoco vivo situaciones de acoso verbal por la calle. Pero hay un aspecto muy importante: la relación con el sistema sanitario.

Cuando inicié la transición tuve que pasar por un proceso de diagnóstico y control muy estricto. Los protocolos médicos deciden las pautas de hormonación y, muchas veces, estas pautas son mínimas. He leído y escuchado a muchas mujeres trans explicar que las dosis de estrógenos suelen ser las mínimas imprescindibles, dejando a muchas personas en una situación muy parecida a una menopausia precoz. Entiendo que existen criterios médicos, pero la sensación es que el sistema podría ofrecer una atención mucho mejor.

El futuro de los derechos

Otra cuestión en la que pienso mucho es que hoy ya no puedo viajar a muchos países a los que antes habría podido ir sin problemas. No puedo viajar tranquilamente a Rusia, ni a varios países de África o Europa del Este. I, cada vez más, tampoco en Estados Unidos. Hay estados estadounidenses donde las leyes aprobadas recientemente convierten la vida de las personas trans en mucho más complicada. Las leyes sobre los lavabos públicos o las llamadas leyes de «decencia» acaban siendo, en muchos casos, instrumentos utilizados contra las personas LGTBIQ+.

Crear espacios seguros

Desde mi pequeña esfera de influencia intento crear espacios seguros. Espacios para las mujeres, para las personas LGTBIQ+, para las personas racializadas. Intento que cualquier persona pueda sentirse bienvenida, segura y con la confianza necesaria para crecer. También me gusta acompañar a mujeres y personas trans que quieren iniciar una carrera tecnológica. Cuando me piden ayuda técnica u orientación profesional, intento explicar las cosas de forma didáctica, compartir mi experiencia y demostrar que es posible abrirse camino. Por mi parte, sigo intentando aprender. Debería leer aún más, formarme más, porque siempre nos queda mucho por aprender.

Los derechos no son irreversibles

Hemos conseguido muchos derechos gracias a la lucha. Y debemos seguir luchando. Nunca podemos olvidarlo. Los mismos derechos que se han conquistado en las calles, gracias a la movilización social ya la presión política, también se pueden perder.

En Estados Unidos, por ejemplo, se ha revocado recientemente la protección federal del derecho al aborto y se están aprobando numerosas leyes contra las personas trans y contra el colectivo LGTBIQ+, dificultando o impidiendo los procesos de transición. Incluso se está llegando a criminalizar a las familias que acompañan a sus hijos e hijas trans para que puedan entender quiénes son. No podemos mirar hacia otro lado. Muchas personas acaban viviendo en la calle porque sus familias las rechazan. Se necesitan redes de apoyo para que nadie tenga que quedar desamparado simplemente por ser quien es. Por encima de todo, creo que debemos seguir defendiendo la autonomía personal. Para mí, tanto el derecho al aborto como el derecho a transicionar forman parte de una misma idea: nuestros cuerpos nos pertenecen. I, en consecuencia, las decisiones sobre nuestros cuerpos también nos corresponden a nosotros.

La sal de la vida

Para mí, la sal de la vida son las personas que tejen redes e intentan hacer del mundo un sitio un poco mejor. Son las personas que acogen. Las que aceptan. Las que ayudan. Las que hacen que los demás se sientan seguros.

LA SAL DE LA VIDA, Feminismo contemporáneo en primera persona.
Por ÁNGELES BRONSOMS

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